Leyendas de la Patagonia

(Creencias de los pueblos originarios de nuestra patagonia)


La montaña más alta de la Patagonia: ¨El Domuyo¨
Vista del Pehuén en un típico paisaje patagónico
LEYENDA DEL VOLCÁN DOMUYO

En la cima del Domuyo vivía una hermosísima joven encantada, custodiada por un toro colorado y por un caballo de lustroso pelo negro. Nadie podía llegar hasta ella pues el bravísimo toro escarbaba con sus poderosas patas arrojando enormes piedras monte abajo, y el potro salvaje resoplaba desatando tormentas de viento y nieve, truenos y rayos.

Más arriba había un tronco enorme de oro purísimo y reluciente, guardado por espíritus celosos y vengativos. Sucedió que un valiente cacique, ansioso por conocer personalmente lo que había escuchado, comenzó a escalar las sagradas laderas del Domuyo. Durante la ascensión comenzaron a caer piedras por la pendiente, que rodaban hasta el abismo. De repente vio con sus propios ojos al negro potro salvaje pasar a su lado dando furiosos resoplidos y desatando un remolino de nubes negras y una tremenda tormenta. El caballo negro pasó varias veces a su lado envuelto en torbellinos de nieve. Ante tan grande peligro rezó a Futa Chau (Dios) para que le diera coraje y lo ayudara. Dios escuchó su ruego, y de pronto cesó el viento y la nieve. Siguió entonces subiendo con sumo cuidado, pues el blanco manto de nieve había tapado las huellas. Finalmente llegó a una explanada donde descubrió una laguna cuyas aguas relucientes exhalaban un suave perfume; sus orillas estaban adornadas con totoras de oro, y vio, asombrado, a la joven de la leyenda de hermosura celestial que peinaba sus cabellos con un peine de oro. El cacique quedó hechizado al contemplar sus ojos negros, sus rojos labios, su elegante talle y sus pequeñas y graciosas manos. Quiso acercarse para preguntarle por qué estaba allí y saber su historia, pero de entre las totoras salió un toro colorado dando un bramido que estremeció la montaña, sacudiendo furioso la cabeza y la cola como para embestirlo. Huyó el cacique rápidamente subiendo más arriba, logrando escapar del furor del toro. Llegó finalmente a la cumbre, donde con inmensa alegría encontró un gran tronco de oro, tan brillante a la luz del sol, que no podía mirarlo de frente. Lo tocó tembloroso e intentó con su cuchillo romperle un pedazo para llevarlo consigo. Vano fue su intento: era macizo y durísimo. Escarbó, entonces, con su cuchillo junto al tronco y pudo sacar algunos pedazos que guardó entre sus ropas, emprendiendo el regreso. Ya empezaba a oscurecer y corrió pendiente abajo para que no lo sorprendiera la oscuridad en plena montaña. De pronto sintió que le arrojaban piedras desde atrás y escuchó gritos y maldiciones. Una piedra le dio en la espalda y le hizo caer al suelo. Pensó entonces que quizás sucedía esto por los troncos de oro que llevaba y los tiró lejos de sí con gran pena. Inmediatamente cesaron las piedras y los gritos. Corrió entonces desesperadamente pendiente abajo, llegando exhausto al pie del cerro, donde se tiró a descansar y se durmió. En sueños vio a un anciano que severamente le amonestaba: - “Has sido muy temerario y dale gracias a Dios porque aún estás vivo. Pero para que no enseñes a otros el camino y corran peligro de muerte, despertarás en otro lugar”. Sintió que lo llevaban por el aire y cuando despertó, se halló en un lugar desconocido totalmente y no pudo encontrar sus huellas por ninguna parte. Volvió a su tribu por otro camino contando lo que había sucedido. Poco tiempo después murió a consecuencia de las pedradas recibidas, aconsejando a todos que no intentaran nunca subir a la encantada cima del Domuyo.

LEYENDA DEL CERRO TRONADOR

El misionero jesuita P. Mascardi, según las crónicas, ya en el año 1670, recogió entre los indígenas la siguiente leyenda: Linco Nahuel, que quiere decir "Tigre de Ejército", era un cacique muy valeroso y tan celoso de sus dominios que no permitía a nadie acercarse a ellos.

Para su vigilancia mantenía centinelas en todas las alturas. Hubo un día en que llegó hasta el pie del cerro una tribu de hombres enanos. Venían armados. Con flechas enarboladas lograron vencer y tomar prisionero a Linco Nahuel y gran número de su gente. Los empujaron hacia la cumbre y comenzaron a arrojarlos uno a uno al abismo del cráter. El soberbio cacique Linco Nahuel, fue obligado a contemplar desde la cúspide el doloroso espectáculo de ver cómo los enemigos, a pesar de ser tan pequeños, despeñaban a sus queridos súbditos. Ante este hecho insólito se estremeció el Pillán, o espíritu dueño del cerro que tiene su morada en el interior del mismo, quien profundamente disgustado por la violación de sus dominios, envolvió en nieve a todos los combatientes, araucanos e intrusos, y los precipitó rodando valle abajo. Solamente respetó a los dos caciques contrincantes a quienes transformó en dos riscos que se ven ubicados frente a frente en el filo del cerro. El propósito que perseguía era el de que escucharan el fragor incesante que producían los precipitados en la profundidad del volcán.

LEYENDA DEL PEHUÉN O ARAUCARIA

Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban esas tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos. Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones.

Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos. Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre. Pero Nguenechén no los abandonó... Y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado, se encontró con un anciano de larga barba blanca. – “¿Qué buscas, hijo?” - le preguntó – “Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Por desgracia no he encontrado nada”. – “Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?” – “Los frutos del árbol sagrado son venenosos, abuelo” -contestó el joven. – “Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno”. Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así: - “Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado, que sólo a él pertenece”. Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada. Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol:"A ti te debemos nuestra vida, y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados".

LEYENDA DEL VOLCÁN LANÍN

Hace muchos años, vivía en la cumbre del Lanín, Pillán, el Dios del mal, aunque era justo y defensor de la naturaleza. Un día, mocetones de la tribu de Huanquimil, persiguiendo huemules, de cuya carne se alimentaban, y se abrigaban con su piel, llegaron, sin darse cuenta, (porque sabían que ahí estaba vigilando Pillán), a una gran altura.

Entonces Pillán, como dueño de la montaña, desencadenó una tormenta y el volcán empezó a arrojar lava, humo, llamas ardientes y cenizas que provocaron el terror de la población. Consultado el brujo de la tribu, sin cuya opinión los indígenas no resolvían nada, la respuesta vino después de algunos días en el hueco de una montaña. Para aplacar las iras de Pillán era necesario sacrificar a Huilefún, la hija menor del cacique, bella y entrañablemente querida por la tribu, y arrojar sus restos en la hoguera del volcán. El cacique no tuvo más remedio que aceptar el terrible fallo. El portador de la princesa sería el muchacho más joven y más valiente de la tribu, Quechuán, a quien el brujo dio las explicaciones del caso. Al cumplir con aquel mandato, Quechuán cargó a la muchacha en sus hombros y la llevó hasta el lugar de la montaña donde con más fuerza soplaban los vientos de Pillán, sin una sola queja de la princesa cuando fue abandonada en aquella soledad. Inmediatamente vio acercarse en vuelo majestuoso, un cóndor cuyos ojos refulgían con llamaradas de fuego. Tomó a la joven con sus garras y elevándose con ella la arrojó al mismo cráter huracanado y frío del sur. Densos nubarrones ocultaron el cielo y una espesa nevada cubrió la hoguera. El holocausto de Huilefún pareció calmar para siempre las iras de Pillán. Desde entonces el Lanín es un volcán apagado, con sus fuegos sin duda ocultos debajo de la cúpula blanca, tal vez como la ven sorprendidos los viajeros que van en busca de emociones y se encuentran bruscamente con su impresionante panorama. Pillán mismo, a pesar de ser la divinidad del mal, quiso castigar así a los cazadores de la tribu abajeña que en su locura por matar y ciegos de ira por la vivacidad de su organismo invadieron los dominios donde estaba prohibida la caza del huemul.

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